
Apoyando la espalda y la planta del pie derecho en la pared de la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid, el Reño observaba con detenimiento la acera de enfrente, donde en su día estuvo una librería, delante de la cual fue asesinado el presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, mientras miraba los libros que se exponían en el escaparate, hace más de cien años. Desde allí, el detective veía el lugar en el que un anarquista acabó con su vida disparándole un tiro en la cabeza y también la Puerta del Sol, lugar en el que el asesino, al verse acorralado por un policía y un transeúnte, decidió suicidarse con su propia arma.
El curioso caso que le había encargado un cliente de Madrid tenía que ver con aquel magnicidio acaecido hace más de un siglo. El Reño estaba convencido de que el mundo estaba lleno de gente rara que quería buscar explicaciones a problemas del pasado, pero eso también entraba dentro de su trabajo. Por ello le iba a pagar un señor de unos cincuenta años que había heredado una casa en la pedanía caravaqueña de La Encarnación, en la provincia de Murcia, donde encontró un ejemplar de 1929 de la serie La novela vivida, editado por Prensa Moderna de Madrid, que se titulaba El asesinato de Canalejasy que, más que una novela, parecía un folletín sensacionalista en cuya portada aparecía dibujado el anarquista asesino mientras disparaba a Canalejas.
Lo que llamó la atención de aquel cliente y le hizo requerir los servicios de un detective privado fue un billete de tren que, a modo de marcapáginas, señalaba la página 30 de la novela, en la que había un dibujo del asesino suicidándose y una tarjeta de visita del que también fue presidente del Consejo de Ministros, Antonio Maura. ¿Qué hacía aquella tarjeta de un personaje de relevancia en el interior de una novela, en la alacena de su abuelo, nacido en 1891, un mísero agricultor que tan solo había salido de La Encarnación en una ocasión, y fue para hacer el servicio militar? ¿Tuvo algo que ver con los hechos que acabaron con la vida de Canalejas? En un principio, el Reño consideró absurdo aquel planteamiento, más propio de una fantasía, pero, tras haberse documentado sobre el atentado de 1912, tuvo una duda que le empujó a aceptar el encargo.
La investigación oficial determinó que José Canalejas murió a las 11:25 horas del martes 12 de noviembre de 1912 como consecuencia de un disparo que le entró por la oreja derecha, aunque una revisión posterior determinó que fue al revés: que le había entrado por debajo del lóbulo del oído izquierdo y salió por el derecho, lo que inducía a pensar que el atacante era zurdo. El Reño había leído en varias fuentes que existió una manipulación en la autopsia de este, ya que no recogía todas las heridas que aparecían en su cuerpo, al margen del orificio producido por arma de fuego y de la señal de un fuerte golpe con una porra en la espalda que le dio el policía que logró reducirlo con la ayuda de un anónimo ciudadano, dando plena veracidad al hecho de que se suicidó con un solo disparo en la sien derecha, algo difícil de realizar para una persona zurda.
El detective reflexionó sobre el móvil que llevó a cometer aquel crimen. Todos los medios de la época coincidían en que Canalejas era una buena persona, un político del partido liberal que, entre otras medidas, instauró el servicio militar obligatorio para evitar que los más ricos pudieran eludir ir a una guerra pagando lo que se conocía como el «impuesto de sangre». Su mayor rival político fue Antonio Maura, del partido conservador, pero, al parecer, no existía una enemistad manifiesta entre ambos. Entonces —meditó el Reño—, ¿quién podía estar interesado en la muerte de Canalejas, además de los anarquistas? Eso se lo podían haber preguntado a su asesino, pero, suicidándose, evitó desvelar esa información.
Abrió una libreta y extrajo la fotografía del autor del crimen. Un periodista de la época tuvo la oportunidad de fotografiarlo una vez muerto, colgado de la pared del depósito de cadáveres. Todavía tenía los ojos abiertos. El detective se acercó al macabro retrato para examinarlo con más detenimiento. No tardó en percatarse de algo que desvirtuaba la versión oficial del suicidio con un tiro en la frente. En la cabeza de aquel sujeto había dos orificios: uno en la sien derecha y otro en el lóbulo frontal izquierdo. Es evidente que una persona no puede dispararse dos veces en lugares opuestos de su cabeza. La duda que surgía entonces era quién había realizado los disparos. Si el cuerpo tenía la señal del golpe con una porra, era porque el policía había sido el responsable del mismo. Solo quedaba la posibilidad de que los disparos los hubiera realizado el anónimo ciudadano que intervino en el intento de detención. ¿Pudo haber sido el abuelo de su cliente? —se planteó el Reño.
Todavía quedaban dos cabos sueltos. El primero: si su planteamiento fuera correcto, ¿qué vinculación podía tener en 1912 un joven de veintiún años de La Encarnación con un complot para acabar con la vida de un magnicida? El Reño levantó la cabeza y observó cómo un río de personas transitaba por la calle Carretas para desembocar en la Puerta del Sol, un caudaloso río que vertía sus aguas en aquella especie de embalse que es el centro de Madrid. Y en ese preciso instante recordó el de la Cierva, en Mula, que había visitado hacía unos días. El segundo: ¿cuántos disparos realizó el asesino? Cogió el teléfono móvil y volvió a buscar ese dato en internet. En el cristal del escaparate había dos impactos y otro en el marco. El presidente recibió otros dos, aunque uno de ellos también dio en el ventanal, el policía estuvo a punto de ser alcanzado por otro, y el transeúnte fue herido en el hombro por otro. En total, seis tiros, más los dos que se produjeron por el presunto suicida. Imposible —concluyó el Reño—: la pistola Browning utilizada llevaba un cargador de solo seis balas. Sin duda, los dos disparos restantes fueron efectuados por otra persona, y esta tuvo que ser el buen samaritano.
Despejada la segunda de las dos incógnitas, solo restaba averiguar la posible vinculación de un joven murciano con aquellos hechos. El detective apartó la mirada del móvil para continuar viendo la constante corriente de personas que desfilaban ante sus ojos. Volvió a recordar el embalse de la Cierva, que llevaba el nombre de su impulsor, el ministro Juan de la Cierva Peñafiel. Dudó. Volvió a fijar la mirada en la pantalla y tecleó el nombre del político. Todo empezó a cuadrar. De la Cierva era murciano y mano derecha del presidente Maura. Demasiada casualidad. Marcó el número de teléfono de su cliente y, tras explicarle la conclusión a la que estaba a punto de llegar, le hizo una pregunta: —¿Dónde hizo la mili su abuelo? —En Madrid —fue la respuesta—. Miró entonces la fecha del billete del tren Madrid-Cartagena: 19 de noviembre de 1912.