La caja de membrillo, según Marcial García García

Marcial García García. Historiador. R.A. Alfonso X El Sabio

* * * * * * * * * * * * * * * * * * (…) quiero comenzar recordando las palabras de un muy querido profesor de mi bachillerato, don Pedro Ortín Cano, que siempre decía que escribir era muy fácil: sujeto, verbo y predicado.
– Lo difícil -añadía- es colocarlos bien y con gracia.

Bien, muy bien, coloca sus periodos oracionales el autor que presentamos esta noche. Tanto y tanto, que seguramente a ustedes, cuando comienzen a leer la obra, les pasará lo que a este servidor: que no van a creer que se trata de la obra de un primerizo.

Personalmente, hasta hace pocas fechas, solo tenía un conocimiento de vista del autor, fruto de triviales encuentros o, mejor dicho, cruzamientos, en mis habituales estancias de mi otro querido pueblo, Calasparra, donde él vive y donde nacieron sus ancestros y sus más próximos engarces en el árbol genealógico. Varios amigos de la Villa del Arroz me habían hablado con encomio de la obra y del autor, y me habían dicho que había llegado, ni más ni menos, que a la selección final del Planeta, uno de los más elitistas y “cantados” de los premios literarios. Ese sólo motivo excitó mi curiosidad, deseando conocer al autor y la obra. (…)

Con unos sugerentes título y portada, con una muy buena maquetación, el libro me gustó desde el primer vistazo. Esto es muy importante, para un lector empedernido, pero quisquilloso, como el que les habla. Desde las primeras palabras, a modo de presentación, que el autor escribe, empezó a tirar de mí la obra. El estilo llano y elegante, los periodos oracionales justos y lo directo del mensaje comenzaban a atraparme. Una vez pasada la puerta y abierta la tapa metálica, empecé a descubrir una historia apasionante, muy bien contada, muy bien presentada, a veces intrigante, a veces tierna, de alguien que busca en su relato redimir carencias, reparar injusticias y exaltar humillados.

Alguien que no cayera prisionero de sus líneas desde la primera página, podría pensar que se trata de una más de las infinitas obras escritas sobre nuestra última guerra civil y sobre la miserable posguerra que le siguió. Pero esta apreciación se desecha rápidamente, conforme se va entrando en el recoveco de la intrahistoria. Tampoco se trata de vindicar a nadie de la familia o de la saga, como tantas veces ocurre, cuando aparecen en temas similares. Simplemente nos topamos con una vida de sorpresas, que se nos va descubriendo a partir de un testamento de una abuela casi desconocida y muy lejana.

María y Jaume, los supuestos protagonistas, una vez comenzada la lectura, quedan relegados a los papeles pasivos de buscadora infatigable de un pasado ignorado y perdido o el de narrador en primera persona, totalmente, o casi, aséptico. Poco a poco, quien irá tomando estatura de gigante es una desconocida Águeda, que busca en la emigración el consuelo de viuda perdedora, protegida por una extraña monja, que le recomedará a un privilegiado lugar de Barcelona, recordando a su amado Simón y cuidando solícita a ese Pedro Expósito, contrafigura, que se desliza con el sigilo de la penumbra, y que tan importante y sorpresivo papel desempeñará a lo largo de las páginas.

Paso a paso, con el buen recurso del baile de fechas, de un ir adelante o atrás, con esa reproducción de cartas, documentos y situaciones, iremos descubriendo la sagacidad y el compromiso para vivir una vida paralela, dentro de la más estricta sociedad vencedora, amparados en sus instituciones, pero con un sesgo, que irá apareciendo poco a poco, sabiamente dosificado por el autor, hasta el inesperado desenlace final.

El recurso narrativo de las claves de un testamento, -que hablan de cielo e infierno de la casa y nombra un versículo evangélico- y otra serie de documentos, llega a darle cierto aire de novela policiaca o de trailer ocultista, que, salvando las distancias, nos puede recordar a las claves que maneja Humberto Eco en su “Nombre de la Rosa”. Fulgencio sabe mover el tiempo, el espacio, la narración y el ánimo de los protagonistas, que los va moldeando hasta hacerlos palpables a nuestra imaginación, a sentirlos como algo próximo, a tomar partido por ellos. El mundo de las catacumbas donde se amparan los perdedores puede tener su acceso y sus valedores en los lugares y personas menos pensados. Poco a poco iremos comprobando una ética y solidaridad heroicas por hacer justicia, por salvar personas y legado cultural de los perdedores, con escenas casi rocambolescas. Mientras la acción trepita, el autor hace sus interludios narrativos con el recurso ya comentado del paso adelante, época actual, y el paso atrás, los distintos momentos históricos. En ellos entran a relucir figuras de talla propia, como ese Fernando, trasunto del abuelo inspirador, que te cuenta y recuenta páginas vivas de la contienda, que hacen de nexo entre los distintos niveles de la trama. O como esos escarceos sobre el mundo de las letras de los perdedores, con ese Miguel Hernández que aflora aquí y allá, o ese Buero Vallejo o esos corresponsales de guerra o milicianos de la cultura, en un merecido y callado homenaje del autor a estos olvidados héroes de la libertad, con un rezume de vindicación histórica que emociona.

Irse adentrando en las páginas de la “Caja de membrillo”, es ir repasando las páginas de un diario de perdedores. Diario que asoma con la luz de esa impensada Águeda, flor rara de un tiempo turbulento, que va trayéndote a personajes, que el lector vuelve a encontrar en el retejer de Penélope que realiza María bajo el acicate del regreso a las raíces, desde un paisaje de tierra murciana recuperada, buceando en una Barcelona sorpresiva y soterrada por las botas de los vencedores, con el descubrimiento de una red de ayuda clandestina, en la que colaboran los más impensados protagonistas, desde las costureras, verduleras y taberneros a los más conspicuos galenos, miembros de la aristocracia decadente catalana, que ahora, en el estanque dorado, regentan caprichos de élite, pero que, en su día, salvaron vidas y cultura, al socaire del prestigio profesional ganado ante los vencedores.

Y de nuevo la voz pausada y preñada de Fernando, que revive personas, fechas y paisajes… Siempre flotando en el recuerdo y en el motor de la búsqueda ese verso de Miguel Hernández y ese versículo de Mateo, intentando descubrir qué hay en el infierno y el cielo de la Casa del Tendero, donde, en palabras del testamento de Águeda, María podrá encontrar la apasionante historia de su propia familia.

Y no cuento más. Ahora, quien quiera saber, que lea esta apasionante novela, que es, en esta época de conciencias dormidas, una excelente vindicación de la Memoria Histórica para esa media España que perdió sus sueños de libertad junto con su vida, pero que nos dejó la herencia de una dignidad heroica, aunque la quieran hacer olvidar las fosas olvidadas o los jueces desalmados que quieren defender a los autores de tan horrendo crimen de lesa humanidad con sus oscuros manejos leguleyos, para ocultar una verdad que podría salpicar de sangre e infamia sus atiplados y rimbombantes apellidos.

Enhorabuena, Fulgencio. Sigue escribiendo. Ese es el camino correcto para lograr la catarsis a la que aspira todo aquel que toma la pluma y publica. De esa génesis salen obras hermosas como la que traemos a la consideración de ustedes, querido público, y que este humilde glosador les encomienda encarecidamente su lectura, augurándoles momentos de intensidad emocional que les esperan agazapados detrás de cada hoja de este modélico relato.

Muchas gracias.

Moratalla y marzo de 2011
Marcial García García,
Correspondiente de la R.A. Alfonso X El Sabio.

(Extracto de la exposición de D. Marcial García García, en la presentación de la novela “La caja de membrillo”, en el Ayuntamiento de Moratalla, el día 26 de marzo de 2011)