
Se sorprendió al conocer la edad del cliente que había requerido sus servicios como investigador privado. El Reño acababa de atender en su despacho a un hombre de noventa y dos años, vigoroso y, supuestamente, en pleno uso de sus facultades mentales, interesado en aclarar la muerte de su hermano gemelo, acaecida hacía más de diez años. No sabía si la complejidad del caso estaba en el tiempo transcurrido desde que ocurrieron los hechos o en las explicaciones del nonagenario. Durante la entrevista, su anciano cliente insistió mucho en querer dilucidar las verdaderas consecuencias del fallecimiento de su hermano antes —dijo— de reunirse con él en el otro mundo.
Eusebio falleció a los ochenta y un años en el Hospital Asilo de la Real Piedad, una residencia para personas mayores de Cehegín, de finales del siglo XIX, en la que, por entonces, personas desahuciadas por motivos de salud, desfavorecidas que no podían valerse por sí mismas, algunas que no tenían capacidad económica para ingresar en otras residencias o que no disponían de ningún familiar, eran asistidas por monjas de la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl; una institución de prestigio que mitigaba la soledad de muchos ancianos en situación de abandono.
Antes de ingresar en el asilo, Eusebio, que ya era viudo desde hacía muchos años, vivía con su única hija y su yerno, que se estuvieron haciendo cargo de su cuidado hasta que sufrió una caída que le produjo la fractura de la cadera y que le obligó a permanecer postrado en cama ante la imposibilidad de recuperación. Fue entonces cuando tomaron la decisión de internarlo en aquella residencia, dada la imposibilidad de su hija de prestarle en casa las atenciones necesarias y el hecho de que su yerno se pasara la mayor parte de la semana trabajando fuera del domicilio. La duda que le surgió a Antonio, su hermano, era el verdadero motivo de la repentina muerte de Eusebio tan solo una semana después de su internamiento, coincidiendo con la noticia de que las religiosas, tras más de un siglo de ininterrumpido servicio, iban a abandonar de forma definitiva Cehegín.
—Las coincidencias existen —adujo el Reño—. ¿No sospechará que las monjas tuvieron algo que ver con la muerte de su hermano por obligarlas a abandonar el hospital? —No, en absoluto, pero siempre he tenido el presentimiento de que mi sobrina y, sobre todo, su marido sí pudieron, de alguna manera, influir en acelerar el desenlace final de mi hermano. —¿Con qué motivo? —Eso es lo que precisamente quiero que usted averigüe. —Pero ¿tiene algún indicio? —Puede que varios. Hasta tres. El primero, el temor de que el Hospital de la Real Piedad se cerrara y, al ser el único que hay en Cehegín, se vieran obligados a buscar otra residencia en localidades cercanas en la que ingresarlo, lo que les acarrearía la incomodidad de tener que trasladarse para poder visitarlo, y más teniendo en cuenta que mi sobrina no tiene carné de conducir y los servicios de transporte público son escasos. El segundo, el patrimonio de mi hermano. Eusebio trabajó durante toda su vida en una gran empresa y consiguió amasar una fortuna considerable. Su herencia era suculenta y tentadora. ¿Para qué esperar más años para poder percibirla? —¿Y la tercera? —se interesó el detective—. —Mi hermano y su yerno no se llevaban nada bien. Eran enemigos acérrimos el uno del otro desde el noviazgo de mi sobrina.
El Reño consideraba que no había indicios suficientes para sospechar de la hija y del yerno del fallecido y que, con toda probabilidad, las dudas de su cliente fueran consecuencia de su avanzada edad. Si no, ¿por qué no se había interesado antes en contratar los servicios de un detective privado o había puesto sus suspicacias en conocimiento de la policía? De todas formas, le gustaba asumir retos con tan poca consistencia como aquel, así que aceptó el caso y ese mismo día se puso a estudiar los pocos papeles que Antonio le había entregado, documentos que no le pudieron aclarar nada.
Era evidente que no podía ponerse en contacto con la familia del difunto, así que optó por intentar localizar a algún trabajador de aquella época de la residencia de Cehegín que pudiera recordar la breve estancia de Eusebio en el asilo, sin descartar buscar a una monja que también pudiera ayudarle en sus pesquisas. Su primera averiguación fue en vano. En el Hospital Asilo de la Real Piedad de Cehegín no lo recordaban, circunstancia nada extraña por el tiempo que había pasado desde que estuvo allí. Entonces buscó en internet el lugar adonde fueron trasladadas las religiosas de la congregación de las Hijas de la Caridad. La fortuna hizo que algunas de ellas recalaran en Madrid. Recordó que en el distrito de Chamberí había un comedor social gestionado por aquella congregación religiosa y, como estaba a menos de media hora andando desde su despacho, decidió darse un paseo hasta allí. Eran las doce del mediodía y las monjas ya estarían preparando la comida para los cientos de mendigos y desarraigados que obtenían posiblemente el único alimento del día.
Fue directo al grano. Se presentó a la primera religiosa que vio en el comedor y le preguntó si conocía a alguna hermana que hubiera estado en el Hospital Asilo de la Real Piedad de Cehegín, en Murcia. —Claro, sor María Cristina. Ahora es muy mayor, pero todavía sigue echando una mano en la comida —le respondió, mientras invitaba al Reño a acompañarla a la cocina, donde, sentada en una pequeña silla, estaba una anciana monja seleccionando patatas de una caja, que no tardaría en sacar de dudas al detective.
—Estuve muchos años en Cehegín. Y, por supuesto, recuerdo a don Eusebio, a pesar del poco tiempo que estuvo con nosotras. Me acuerdo perfectamente de él porque fue uno de los últimos internos que atendí y que falleció en las mismas fechas en que nos vimos obligadas a trasladarnos a Madrid. Era un hombre encantador, al igual que su yerno, que venía todas las noches a visitarlo a la hora de la cena. —¿Su yerno? —Sí, él mismo se encargaba de darle la cena y de suministrarle la medicación. —¿Y su yerno iba solo o le acompañaba alguien? —Yo no recuerdo que le acompañara nadie.
¡Curiosa paradoja! —reflexionó el Reño—: un yerno enemigo acérrimo de su suegro que todas las noches iba a darle la cena y la medicación a la residencia de ancianos. Ya solo le quedaba resolver una duda y, para ello, hizo una llamada telefónica. —Buenas tardes, don Antonio, ¿recuerda usted a qué se dedicaba el yerno de su hermano? —Era médico de cuidados paliativos.